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Revista Casa del tiempo No. 28 Estados de confinamiento

    Si el confinamiento puede entenderse como la experiencia de habitar un límite —un muro, una norma, una estructura política o, incluso, una tecnología—, el aislamiento puede ser, también, refugio, disciplina, decisión o denuncia. En su complejidad, el confinamiento va más allá de una condición física de encierro y se ha significado como experiencia humana, mecanismo de poder, metáfora y motivo artístico. Así, Casa del tiempo reúne textos que exploran la suspensión del tiempo y del espacio desde el campo artístico, las disidencias, las prisiones y la migración, como un modo de encontrar un resquicio desde donde se puedan atisbar otras formas de comprender nuestro presente.

    En Travesías, un análisis de la fotografía de Mariana Yampolsky y su relación con el espacio y un registro de la muestra Icnelia. Vivencias en el arte digital, que confirma el papel de la uam en la difusión y producción de arte digital. Además, Grethel Domenech aborda la exposición Estados de confinamiento. El arte relacional de Luis Manuel Otero Alcántara, dedicada a los diálogos que produce la obra de este artista encarcelado por el régimen cubano desde el 2021 —y liberado hacia el exilio hace apenas unos días—. En Imagos, Yissel Arce Padrón advierte la importancia de los vínculos entre cultura, territorio y relaciones de poder en la exposición Archipiélago creativo: geopolíticas en el arte filipino. En Ágora, Eduardo Sabugal explora los límites entre la Inteligencia Artifical y el confinamiento cognitivo. Y en Fractales, Nadia Villafuerte contempla cómo el tiempo se astilla para la población migrante en espera de asilo en la frontera sur de México; además, una analogía entre un capítulo de Malcolm in the middle y las condiciones laborales contemporáneas, así como una inusitada lectura de una obra de Salvador Dalí.

    A Contraluz, obras de Olivia Rosenthal, Liliana Muñoz, Lina Meruane y Judith Santopietro. En Tiempo en la casa, un cuento de Arrigo Boito, “El alfil negro”, incluido en el volumen Entre tinieblas, editado por la uam en 2026.

    Emily Dickinson toma una decisión polar

    Manuel Becerra

    Don’t leave the room, don’t make the mistake

    joseph brodsky

    a)

    Emily sostiene su rostro en la mano.

    Tiene treinta años y ha subido de peso.

    Conserva los ojos amarillos,

    sus ojos inusuales,

    y descansan sobre las piernas sus manos reunidas

    —como un animal distinto a ella—,

    curtidas; grandes manos de ebanista

    que no sostienen un mirto:

    removieron la tierra y cavaron un surco

    —se trenza momentáneamente

    el cuerpo del agua

    por el fluir de las canaletas—,

    lo hicieron fecundo

    con desechos residuales.

    Este es el mecanismo

    que antecede a las flores.

    Su cabello es rojo igual

    que el zorro que atraviesa

    y deja sus huellas minúsculas

    en la arcilla y ya no está, semejante

    a ella que a su vez fue

    en su travesía por la tierra

    como constancia de su decisión polar.

    Luce como una madre joven;

    sin embargo,

    en el óvalo de su espejo de mano

    y en torno a la plata manchada,

    ella se visualiza frágil como el erizo,

    la sibilina dócil que sonríe

    —no por las comisuras sino

    por los ojos agotados—

    con la quietud mortal de los puertos

    previos

    a la calamidad que se aproxima.

    b)

    Esta flor, proveniente de América del Norte,

    se llama Encaje de la reina Ana,

    Queen Anne’s lace. En su etapa prematura

    es sólo maleza abrazada a sí misma.

    Aunque en agosto es vasta, cuando se abre

    alcanza apenas el tamaño de una palma abierta.

    Bajo sí misma guarda una sombra dentada,

    sombra líquida, sobre el muro rugoso,

    que sube y baja como una ola sobre la arena.

    La Reina goza de un sueño imposible

    de ser interpretado. La Reina, a diferencia

    del ser humano, no es movida por el dolor.

    Esta vez la encuentro a los costados

    del pedregoso río Charles, en Massachusetts,

    ese Estado que ostenta

    por geografía la cabeza de un rinoceronte.

    c)

    Si en tu camino al cementerio del norte,

    pasas junto al mural donde se encuentra

    Lavinia, mi hermana, con un gato absorto en su regazo

    y continuas por el apartado de la familia,

    hallarás una piedra con mi nombre, cuadrada,

    parecida al vestigio de una tribu antigua.

    d)

    Si en tu camino a Puffer’s Pond tomas la calle Pine

    y doblas en el primer camino, el más grande,

    sabrás que has llegado al sendero Robert Frost.

    Si subes por ahí hasta la colina

    —nadie entra en invierno—,

    verás que no hay huellas, salvo las del zorro,

    pues corres el riesgo

    de quedar en medio de aquello

    que conversa en el bosque.

    Tú vida estará caminando hacia atrás

    en un momento evolutivo posible sólo en el bosque.

    Intenta, de esta forma prodigiosa,

    volver al animal

    que te fue establecido en el principio.

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