Si el confinamiento puede entenderse como la experiencia de habitar un límite —un muro, una norma, una estructura política o, incluso, una tecnología—, el aislamiento puede ser, también, refugio, disciplina, decisión o denuncia. En su complejidad, el confinamiento va más allá de una condición física de encierro y se ha significado como experiencia humana, mecanismo de poder, metáfora y motivo artístico. Así, Casa del tiempo reúne textos que exploran la suspensión del tiempo y del espacio desde el campo artístico, las disidencias, las prisiones y la migración, como un modo de encontrar un resquicio desde donde se puedan atisbar otras formas de comprender nuestro presente.
En Travesías, un análisis de la fotografía de Mariana Yampolsky y su relación con el espacio y un registro de la muestra Icnelia. Vivencias en el arte digital, que confirma el papel de la uam en la difusión y producción de arte digital. Además, Grethel Domenech aborda la exposición Estados de confinamiento. El arte relacional de Luis Manuel Otero Alcántara, dedicada a los diálogos que produce la obra de este artista encarcelado por el régimen cubano desde el 2021 —y liberado hacia el exilio hace apenas unos días—. En Imagos, Yissel Arce Padrón advierte la importancia de los vínculos entre cultura, territorio y relaciones de poder en la exposición Archipiélago creativo: geopolíticas en el arte filipino. En Ágora, Eduardo Sabugal explora los límites entre la Inteligencia Artifical y el confinamiento cognitivo. Y en Fractales, Nadia Villafuerte contempla cómo el tiempo se astilla para la población migrante en espera de asilo en la frontera sur de México; además, una analogía entre un capítulo de Malcolm in the middle y las condiciones laborales contemporáneas, así como una inusitada lectura de una obra de Salvador Dalí.
A Contraluz, obras de Olivia Rosenthal, Liliana Muñoz, Lina Meruane y Judith Santopietro. En Tiempo en la casa, un cuento de Arrigo Boito, “El alfil negro”, incluido en el volumen Entre tinieblas, editado por la uam en 2026.
Emily Dickinson toma una decisión polar
Manuel Becerra
Don’t leave the room, don’t make the mistake
joseph brodsky
a)
Emily sostiene su rostro en la mano.
Tiene treinta años y ha subido de peso.
Conserva los ojos amarillos,
sus ojos inusuales,
y descansan sobre las piernas sus manos reunidas
—como un animal distinto a ella—,
curtidas; grandes manos de ebanista
que no sostienen un mirto:
removieron la tierra y cavaron un surco
—se trenza momentáneamente
el cuerpo del agua
por el fluir de las canaletas—,
lo hicieron fecundo
con desechos residuales.
Este es el mecanismo
que antecede a las flores.
Su cabello es rojo igual
que el zorro que atraviesa
y deja sus huellas minúsculas
en la arcilla y ya no está, semejante
a ella que a su vez fue
en su travesía por la tierra
como constancia de su decisión polar.
Luce como una madre joven;
sin embargo,
en el óvalo de su espejo de mano
y en torno a la plata manchada,
ella se visualiza frágil como el erizo,
la sibilina dócil que sonríe
—no por las comisuras sino
por los ojos agotados—
con la quietud mortal de los puertos
previos
a la calamidad que se aproxima.
b)
Esta flor, proveniente de América del Norte,
se llama Encaje de la reina Ana,
Queen Anne’s lace. En su etapa prematura
es sólo maleza abrazada a sí misma.
Aunque en agosto es vasta, cuando se abre
alcanza apenas el tamaño de una palma abierta.
Bajo sí misma guarda una sombra dentada,
sombra líquida, sobre el muro rugoso,
que sube y baja como una ola sobre la arena.
La Reina goza de un sueño imposible
de ser interpretado. La Reina, a diferencia
del ser humano, no es movida por el dolor.
Esta vez la encuentro a los costados
del pedregoso río Charles, en Massachusetts,
ese Estado que ostenta
por geografía la cabeza de un rinoceronte.
c)
Si en tu camino al cementerio del norte,
pasas junto al mural donde se encuentra
Lavinia, mi hermana, con un gato absorto en su regazo
y continuas por el apartado de la familia,
hallarás una piedra con mi nombre, cuadrada,
parecida al vestigio de una tribu antigua.
d)
Si en tu camino a Puffer’s Pond tomas la calle Pine
y doblas en el primer camino, el más grande,
sabrás que has llegado al sendero Robert Frost.
Si subes por ahí hasta la colina
—nadie entra en invierno—,
verás que no hay huellas, salvo las del zorro,
pues corres el riesgo
de quedar en medio de aquello
que conversa en el bosque.
Tú vida estará caminando hacia atrás
en un momento evolutivo posible sólo en el bosque.
Intenta, de esta forma prodigiosa,
volver al animal
que te fue establecido en el principio.

