Alaide Morán
Las calles están húmedas. Recién llovió y el ambiente ha refrescado. Llegamos con anticipación a la Casa Rafael Galván y ya hay personas esperando a que inicie el evento. Se trata del Festival Ensayo sobre lo invisible, es el segundo día, donde se presentan los duetos de andrea.tif + ezeta y nomellamo + daniela solís.
Hay varios grupos de personas jóvenes; a simple vista, se nota que están quienes son cercanas a las artistas; otras, quienes las siguen en redes sociales, y otras, que, por publicidad o recomendación, asistieron individualmente. A final de cuentas, en unos momentos, todas estaremos reunidas en un mismo espacio, y el ambiente se volverá cálido.

Platicamos con las artistas, Paulina (nomellamo) y Daniela (daniela solís), mientras Andrea (andreah.tif) y Ezeta (ezeta) están repasando los últimos detalles técnicos. Su acercamiento al mundo de la experimentación audiovisual se dio a través de lo lúdico y ahora han encontrado una simpatía por piezas narrativas. Nos cuentan sobre la importancia de las redes, pero no digitales, sino las de personas. Es decir, la comunidad. Una invita a la otra a colaborar y viceversa, así sucesivamente. Las oportunidades no son suerte, se crean y ellas están creando oportunidades la una para la otra.
¿Qué sucede después? Un sinfín de sensaciones. Entendemos el concepto experimentación audiovisual de otra manera, porque una cosa es explicarlo y otra vivirlo. El tiempo se diluye ¿o se expande? Todo sucede en un momento y, aunque es abstracto, identificamos un inicio, un desarrollo y un final.

Paulina y Daniela se presentan primero, se sientan en una mesa llena de laptops, sintetizadores, micrófonos y cables que se encuentra detrás de la instalación creada por de Ztaa, Rampa y Cirirna Lab —una cortina que las cubre y funciona, a la vez, como lienzo de las animaciones proyectadas—. Exploran las lágrimas del internet, aquellas que las personas documentan. Al ver la recopilación de videos y de escuchar “lágrimas” en loop en voz de Daniela, surgen preguntas como “¿qué buscamos al grabarnos llorando?, ¿aprobación, acompañamiento, autovalidación?”, no nos dan una respuesta, pero sí nos llevan de la mano en esa búsqueda.
Invocan a María de Oignies, una mística nacida en Belga, que decía que las lágrimas eran su manjar: “Me colman el alma, sosegando con dulcísima unión, como pócima curativa”. Y esto nos recuerda cuán importante es el arte para expresar el dolor —o alegría, pero es más común este primero— que uno trae adentro. Y por ello invocan también a José José, la canción “Lágrimas” inunda la galería de Casa Rafael Galván, las personas comienzan a murmurar; otras cantan o mueven la cabeza, pero nadie se queda indiferente. Todo tiene una reacción.

Luego, Andrea y Ezeta pasan al escenario. Constelan imágenes y sonidos intraducibles en palabras, es como si trazaran nuevas rutas desde lo sensible e íntimo. Tal vez no las conocemos, pero podemos acercarnos un poco a sus esencias, a sus energías. Hay un poco de melancolía en el aire, traída por las armonías oníricas de Ezeta; y también hay un sentimiento de búsqueda y deseo plasmado en los visuales de Andrea.
El diálogo entre duetos está ahí: La identidad, la memoria, el mundo digital, todo se cuestiona. La polifonía de voces e imágenes nos saca un momento de nuestra realidad para llevarnos a otras, para reimaginar lo conocido e imaginar lo que no. Pero algo queda claro: la comunidad entre mujeres artistas. Es lo que permite construir otras narrativas, habitar otros lugares. Lo mismo sucede en la colaboración con espacios culturales, que tienen la firme convicción de que el arte y la cultura son fundamentales para la vida colectiva. Al propiciar estos encuentros, las personas podemos acercarnos a propuestas artísticas que nos conmueven y abrazan. Es un acto político: un momento de recreación y disfrute en medio de las horas de trabajo, los pendientes y las preocupaciones.

Al final de la presentación, en el patio, mientras se escapan los últimos destellos del atardecer, se tejen conversaciones y se comparten felicitaciones, abrazos y risas. Era evidente que lo importante no solo había sido lo que se vio o se escuchó, sino lo que provocó. Quizá eso es lo que hace este festival distinto: su interés por lo inacabado, por lo que se atreve a intentar. Hay belleza en el riesgo.