Somos líquenes. Somos humus.
Somos las niñas y los niños del compost.
Donna Haraway
Pensar la Tierra equivale a considerar una diversidad de elementos que operan en
correlación continua para sostener la “vida”. Naturaleza Post- Industrial de la artista
argentina-mexicana Mariana Gullco (1974), mantiene esa premisa y presenta un cuerpo de
obra de los últimos seis años, una investigación de largo aliento que explora la noción de
Antropoceno (2000), término acuñado por el químico holandés Paul Crutzen para
denominar la era geológica del anthropos, caracterizada por el profundo impacto ambiental
que las actividades humanas-industriales han provocado sobre el planeta.
Para Gullco, el tema ambiental ha sido fundamento del desarrollo de su discurso artístico,
en el cual, la relación entre tiempo, materia y forma puntualiza el mecanismo
antropocéntrico de la ruina y el desecho para ejercer una crítica puntual a la cultura
capitalista de hiperproducción y consumo, que concibe a la naturaleza como un recurso
externo y cosificado, y que en los últimos 60 años ha acelerado el impacto ambiental en las
capas geológicas de la tierra, los mares, el aire. En este sentido, su investigación se
articula, por un lado, con la indagación y estudio de otras disciplinas como la biología, la
antropología y la teoría feminista, en las cuales ha encontrado una suerte de resonancia y
otras formas de conocimiento de hacer mundo, como las estrategias de colaboración de
sistemas biológicos particulares – hongos, líquenes, algas, entre otros– que han logrado
sobrevivir pese al impacto ambiental profundo al que han sido expuestos; por otro, con la
indagación precisa de materiales propios del desecho industrial –empaques, plásticos y
textiles, entre otros–, elementos materiales que adquieren una potencia en sus piezas al
especular con analogías de colaboración en las que “el énfasis sucede entre el arte de notar
y trabajar con lo que está disponible” (Tsing).
Por último, es importante mencionar que las intervenciones geográficas de la artista– en la
reserva de la biosfera de Tehuacán-Cuicatlán, Puebla, la península de Yucatán, la reserva
del pedregal en CDMX y la costa este de Escocia en Reino Unido- han establecido una
suerte de diálogo poético que especula sobre un mundo por venir y por resignificar, donde
las “comunidades del compost insistan en la necesidad de escribir historias y vivir vidas
para el florecimiento y la abundancia, sobre todo frente a una destrucción y un
empobrecimiento devastador” (Haraway). Como señala Anna Tsing, nos urge improvisar
las “artes para vivir en un planeta herido”, donde se cultive la capacidad para imaginar y
hacer mundo.
Cecilia Delgado Masse
